sábado, 5 de julio de 2008










Hoy la niebla refrescaba la montaña como humo frío de mar.

Mi madre me contó que no durmió en toda la noche por que tenía la sensación de que había dejado a un pajarito volantón encerrado en mi casa cuando fue a regar mis plantas y temía que muriera sin comida ni bebida. No fue de madrugada porque algo la sujetó, sobretodo la distancia que hay entre mi casa y la suya y que la luz se fué a las doce de la noche y no era plan de atravesar el pueblo a oscuras.
Esta mañana ha ido a primera hora y se ha puesto a buscar al volantón hasta que lo ha encontrado piando en la cristalera que da al patio, queriendo salir. Su instinto ( el de mi madre) o más bien la intuición, estuvo acertada. Cogió al pajarito y lo echó a un árbol. POr mucho que en mi familia digan que exagero con mi defensa de los animales, ahora entiendo algo más por qué es así.

En los días axfisiantes de verano , cuando el sol se mezcla con la brisa en tu piel, la niebla que nace en el mar y muere tierra adentro esconde por unas horas la consciencia de la estación en la que estamos y te nubla la imaginación para hacerte creer que llega algo fresco.

Hoy he recogido las cenizas de Anny y nos hemos dado un gran paseo en coche, al lado del mar.

Seguramente ya lo habréis adivinado pero hace mucho calor y el cerebro hace esfuerzos por no derretirse.

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