sábado, 5 de enero de 2008

El Piano









(Hoy quiero rendir un pequeñito homenaje a una buena contadora de historias que, algún día, verá publicados sus escritos. Y no es pasión de hermana, es muy buena )



El Piano

Otra vez le volvió a pasar y le dio rabia: en ese tramo de la escalera que subía al doblado sentía siempre un escalofrío. Ahora, incluso, notaba frío al empezar a subir. Con un movimiento de cabeza continuó ascendiendo.
¡Qué tonta! Pues, ¿no tengo frío en pleno mes de julio?
La casa, desde luego, era lóbrega, tan grande y con los techos tan altos y ese desván enorme, oscuro y lleno de chismes.
Se habían trasladado hacía una semana, coincidiendo con sus vacaciones, para poder así colocar los muebles, vajilla, ropa…, todo lo de la casa anterior. Hasta agosto, que tenía vacaciones Miguel, no podrían empezar con los arreglos.
Sintió un ruido como de pasos al final de la escalera y casi se le cae la caja de juguetes que llevaba.
-María, que te estás obsesionando, será un gato.
Resueltamente, acabó de subir y abrió la puerta. La vieja cortina de la única ventana se hinchó con la corriente, pero no notó nada raro. Dejó la caja sobre un antiguo aparador y echó un vistazo rápido en derredor.
-Algún día tendré que ordenar esto.
Los niños estaban a punto de llegar y la comida no estaba preparada. Ellos sí estaban disfrutando de verdad con el cambio. Mariola con once y Miguelón con ocho años se habían mostrado reacios a la mudanza. Hasta que vieron el lugar donde estaba su nueva casa. Era precioso: justo en el comienzo de un valle, al borde de un bosquecillo de olmos (en el que ya habían divisado varias ardillas y otros animalitos), y a un pequeño paseo de un riachuelo donde ahora se estaban bañando.
María sabía que la alegría de sus hijos se disiparía cuando llegara el otoño y la soledad y la oscuridad se adueñaran del paisaje y las tardes se hicieran eternas. Ahora los dejaba disfrutar y pensaba en un plan de acción para el largo tiempo del frío.
Habían vivido en el centro de una capital de provincias una existencia ajetreada, en un pequeño pero coqueto piso. Leyendo los anuncios de un diario un domingo por la mañana, sus ojos fueron a caer sobre el de la venta de una casona en el campo en las afueras de la misma ciudad donde residían. El precio era tan bueno que no se lo creían y, medio en broma, llamaron al número de la inmobiliaria al día siguiente, que lo confirmó. Sin habérselo planteado nunca, se encontraron soñando con la posibilidad de vivir fuera de la ciudad, pero a su lado. Y, de repente, ya se habían mudado.
Estaba contenta con el cambio y la casa tenía muchas posibilidades. “Cuando acabe de arreglar el desván va a quedar precioso”. Lo peor era la falta de vecinos cerca, el más próximo estaba a medio kilómetro, “pero, bueno, con los coches y los móviles…”.
Además, no dejaban de tener contacto con la ciudad, iban todos los fines de semana a comprar, al cine, a comer.
Sus ojos se detuvieron en un rincón de la amplia habitación que, extrañamente, estaba desalojado, ocupado únicamente por un antiguo piano con su banqueta. Estornudando a causa del polvo, cerró la puerta.
-Ya subiremos luego, Miguel y yo, quizá haya un tesoro escondido por aquí.

Tomaban café en la cocina tras la siesta:
-He visto un piano en el doblado, ¿quieres que subamos a investigar un poco? No me hace mucha gracia subir sola.
-Bueno, si es sólo a investigar…
-Sí, otro día limpiamos.
-Vale.
Otra vez el repeluco en la escalera, mas no le dijo nada a Miguel. Éste la miró interrogante.
-¿No has oído algo arriba?
-Sí, también ha pasado esta mañana. Debe ser un gato que se cuela por el cristal roto.
El sol entraba por la ventana orientada a poniente formando una luminosa neblina de polvo levantado al abrir la puerta.
Entraron en el desván poco a poco, dejando que el polvo se asentara. Había toda clase de chismes viejos: una gran cama de hierro y níquel, maletas y baúles, mesas y sillas de varios tamaños y muchas cajas. En la pared frontal a la puerta y separado de todo lo demás, el piano con su banqueta.
Aprovechando la luz última de la tarde de verano, abrieron cajas que contenían ropas antiguas, se sentaron en sillas a punto de romperse y se dirigieron, por fin, al gran piano.
María levantó la tapa y se sentó en la banqueta, que aguantó el peso sólidamente. Recordando su niñez, cuando su abuela la obligaba a dar clases, tocó algunas notas que sonaron claras.
-Qué extraño, está bastante afinado.
-Hay algo más extraño.
Se volvió hacia Miguel, que había palidecido.
-¿Qué?
-¿No has notado que el piano no tiene polvo?
Era cierto: antiguo y pesado, pero reluciente, sin una mota de polvo y además afinado, parecía que lo tocaran a menudo.
María se levantó rápidamente de la banqueta, cerró la tapa y cogió del brazo a Miguel.
-Vamos abajo, pronto no habrá luz. Otro día subimos.
-Sí, hay que poner una bombilla aquí.
Ninguno durmió mucho esa noche. No querían asustar al otro con sus propios temores, ni reconocer que los tenían; no obstante, a la mañana siguiente, tomando café:
-¿Qué piensas que puede ser, Miguel?
-No lo sé, pero es raro. Los niños no habrán subido, ¿verdad?
-No lo creo, aunque hubieran subido no sería para limpiar el polvo.
-¿Quieres que vayamos a visitar al “vecino” esta tarde?
-Pues no sería mala idea, lo vemos, y a ver si nos cuenta algo de los anteriores propietarios.
-¿Qué estás pensando?
-Tonterías, pensaba que podían estar por aquí cerca y no se hubieran resistido a volver a lo suyo.
-Es una idea un poco peregrina.
-Tienes razón. A ver si averiguamos algo esta tarde.


Se fueron dando un paseo hacia la casa que sólo habían divisado desde la carretera, escondida tras una alta maleza y rodeada de árboles. El acceso al jardín lo constituía un gran arco de forja cubierto casi totalmente por los pámpanos de una parra silvestre. Cuando lograron pasar, peleando con las avispas, miraron hacia la casa. Era oscura, de piedra y con ventanucos pequeños en lugar de ventanas, tras uno de los cuales le pareció a Miguel divisar la sombra de alguien que se esfumó rápidamente. Con un resuelto resoplido y cogiendo de la mano a María, se encaminaron hacia la puerta, que se abrió cuando estaban a punto de llamar y en la que apareció un hombre alto, con el pelo largo y canoso, delgado, de unos sesenta años.
-¿Qué quieren?
-Hola. Somos sus nuevos vecinos, venimos a presentarnos.
-Vale. Disculpen que no les invite a pasar, pero la casa está muy desordenada.
-No importa, lo entendemos. Esta es María, mi mujer, y yo soy Miguel.
De repente, con una agilidad asombrosa, saltó por delante de ellos y apresó una ardilla que estaba bebiendo en un pequeño balde.
-Lo siento, yo soy Antonio.
-¿Lleva mucho viviendo aquí, Antonio?
-Unos quince años.
-Queremos saber de los antiguos dueños de nuestra casa, ¿los conoció usted?
-Han pasado muchos por ella, que no duran demasiado, pero las antiguos propietarios murieron hace unos años.
-¿Todos?
-Sí, la mujer y la hija en un accidente y él se suicidó junto al piano. Era pianista. Un pariente lejano vendió la casa.
-Gracias Antonio, venga cuando quiera, le invitaremos a comer.
-Sí, ya iré.
No dijeron una palabra hasta que llegaron a la casa.
-Cuando vayamos a la ciudad nos pasamos por la inmobiliaria, a ver si averiguamos algo más.
-Sí, al menos los nombres.
Otra noche insomnes, intentando que el otro no lo notara, mas saltaron al unísono en la cama cuando escucharon las primeras notas. Pálidos, encendieron la luz y se miraron con el espanto reflejado en la cara.
-¿Qué hacemos, Miguel?
-Voy a por una linterna y a subir. No será peor que quedarse aquí muertos de miedo.
-Subo contigo.
Con falsa resolución, llegaron a la puerta del doblado, sin poder apenas respirar por el rápido bombeo del corazón.
Se pararon delante de la puerta un instante a coger aire y Miguel abrió lentamente, enfocando con la linterna hacia el piano, que se mantenía como ellos lo dejaron hacía dos días, con la banqueta arrimada y la tapa cerrada. Todo alrededor estaba tranquilo, no se notaba nada extraño.
- ¡Mamá ¡
Corrieron hacia la habitación de Mariola.
-¿Qué pasa, hija?
-He tenido una pesadilla, me parecía que había un hombre en la ventana.
-Era eso, una pesadilla, vuelve a dormir.
-Quédate conmigo.
-Sólo hasta que te duermas.

-Vamos a ir a la inmobiliaria, María, pero a decir que vendemos la casa, nunca se nos quitará el miedo.
-Me parece lo mejor. Menos mal que no lo hemos colocado todo. Tendremos que buscar un piso de alquiler mientras.
-Sí, y explicarles a los niños por qué nos vamos.


El día que se iban llegó Antonio, sombrío, como siempre.
-Buenos días, ¿se marchan?
-Sí, no estamos muy a gusto, y además añoramos la vida de ciudad, mintió Miguel.
-Lo entiendo, esto es para unos días, un verano, pero resulta aburrido para largo tiempo.
-Así es. Bueno Antonio, encantados de haberle conocido, si algún día pasamos por aquí le visitaremos.
-Adiós.
Les vio partir con una extraña sonrisa en los ojos.
-Espero que si me visitan lo hagan en esta casa, que era mía, ahora estará más barata aún y quizá pueda comprarla. Ya no estoy para subirme por paredes y ventanas a tocar el piano.

Rosario Hernica del Puerto

No hay comentarios: